La condena más larga, el punitivismo de TV: El juicio de D10S

Rocio "China" Sánchez
Estudiante de fotoperiodismo, gestora cultural y poeta. PD: Villera con "v" de la victoria.

Diego Armando Maradona, el D10S argentino de carne y hueso, oriundo de Lanús y con una patria marcada en los talones, falleció este miércoles 25 de noviembre con un pie en el recuerdo y otro en la condena social.

Nadie puede negar que la figura de Diego es presentada como un un ícono religioso, basta con ver la creación de la Iglesia Maradoniana en Rosario, allá por el 30 de octubre de 1998, y consagrada como ícono popular. Quinto hijo y primer varón del matrimonio de Diego Maradona y Dalma Salvadora “Tota” Franco, criado y amado en Villa Fiorito, el “Cebollita” daría sus primeros pasos en una vida de derrotas y victorias.

La muerte de Maradona genera revuelos tanto políticos como emocionales. Para quienes lo siguen como futbolista con aquella alegría nacional del 86 (en un país con hiperinflación y de cara a la globalización). Para quienes, además de su talento deportivo, lo perfilan como parte de un frente político donde se asocia el peronismo y las izquierdas. Para quienes lo toman como espejo de una identidad propia. Para quienes, con todo lo antes mencionado, no olvidan ni perdonan la violencia de género que ejerció o ironizan su adicción a las drogas.

Es una figura contradictoria: villero, políticamente incorrecto, salió de un potrero y tocó la cima bastardeando a los medios y periodistas de manera frontal sin tapujos, criticó a la Iglesia Católica, se juntaba con Fidel Castro y llevó en su piel la cara del Che Guevara. Reivindicó a los jubilados en uno de los peores momentos para ese sector social del que casi ni se habla. Fue padre de dos hijas que adoró y padre abandónico de varios que luego de años de lucha pudieron obtener su reconocimiento. En abril de 2019, fue denunciado por su ex pareja, Claudia Villafañe, por violencia psicológica en la OVD (Oficina de Violencia Doméstica) y cinco años antes su ex novia, Rocío Oliva, lo denunció mediáticamente por violencia física y circuló en los medios de comunicación un video donde es golpeada por él.

Adicto tanto a las drogas como a los conflictos, manejó una Ferrari, apoyó a Carlos Saúl en su presidencia y tuvo relaciones con jeques árabes. Mostró muchas de sus miserias sin temor a ser juzgado por quien era, pidió perdón por algunas y otras no. Enfrentó a la AFA y a la FIFA y cuestionó al poder del que él mismo fue parte por lo que su nombre implicaba. Su poder económico y mediático lo hundieron y rescataron una y otra vez. Todo esto es cierto, pero también amó a sus padres y ayudó a cientos de personas. Algunos lo mostraron como humano, otras cosas lo mostraron como un dios. Como dicen algunos, el más humano de todos los dioses, si es que pueden probar que hubo otros.

Dios tiene sus fieles que peregrinan, lo celebran, construyen altares y dignifican, y a su vez tiene a los ateos que lo cuestionan, lo desmitifican y descreen de su existencia.

Ahora, ¿qué representa este tipo de dios? Nietzche escribió en su libro El crepúsculo de los ídolos: “Para vivir solo es menester ser una bestia o un Dios dice Aristoteles. Falta un tercer caso;  es necesario ser uno y lo otro; ser un filósofo”. ¿Fue acaso Diego un filósofo?

Cuando hablo de Maradona me cuesta correrme de mi identidad; la villera. Y es dentro de esta sociedad que las personas de las villas son excluidas, juzgadas, discriminadas y oprimidas todo el tiempo. El blanco salvador quiere corrernos de nuestro lugar muchas veces sin preguntarnos o saber que nosotros y nosotras no queremos salir de él. Ese blanco sigue siendo el supuesto salvador, pero ahora también cree ser un par. Salvarnos ya no es a punta de espada, sino a punta de disciplina, el “new age” moralista.

Todas las personas están compuestas por infinitas formas, maneras y facciones, no existe una que funcione como una superficie plana, sin costados escondidos. Sin embargo, a figuras como Maradona, por distintos motivos, se les exige ser un bloque: el perfecto. 

¿Cómo separamos eso para crear una única figura? Mi respuesta es que es imposible. No es más que un reflejo, una proyección individual de lo que produce esta sociedad que construimos entre todos, no existe la responsabilidad individual. Él encarna todo lo que desea un pobre en su desesperación por salir de la pobreza y a su vez todo lo dañino que muchas personas quieren cambiar de este sistema de relaciones. Seguimos escuchando a la moral, ese deseo inconsciente de pertenecer a lo correcto y que no hace más que reproducir una violencia estructural incapaz de transformar todo lo que ya existe. Siempre sobre un otro, desconocido pero ya etiquetado. Quizás desde el miedo de mirarse a sí mismo y a los cercanos, siempre es más fácil gritar a la hinchada contraria. Para las izquierdas es el perfil de un varón popular, para la derecha es un villero con plata. ¿Dónde entramos quienes creemos que es ambas sin renunciar a ninguna?

La cultura de la cancelación es en definitiva lo que descartamos, nos ponemos en la vereda de lo que está bien y por ende es impoluto, incuestionable, huérfano de errores y amigo indiscutible de los límites. 

Históricamente el feminismo que se conoce de nombre, fue encarnado en un tipo de mujer (sin contar a las diversidades y movimientos heterogéneos de los feminismos) blanca, heterosexual y clase media. Hoy conocemos que no hay un feminismo, sino que es una amplia gama donde convergen identidades y diversas reivindicaciones, que no hay solo mujeres cis, hay mucho más. Quienes el 25 de noviembre de 2020 lloramos con lágrimas en los ojos que se haya muerto el último diez, llorábamos a esa bestia encarnada en un dios que nos hace también recordar a un amigo “escrachado”, a nuestro padre abandónico o la persona que nos violentó.

“La pelota no se mancha”, decía Maradona. Pero las vidas sí, por nuestras acciones y omisiones. Es ahí donde el rol del punitivismo está al filo del archivo para hacérnoslo recordar sin poder de reparación. ¿Es posible crear un mundo o una sociedad más justa sin la reinserción social? Este caso abre muchos debates que no pueden ser excluyentes del territorio que habitamos y eso es imprescindible si queremos explicarnos de dónde venimos, a dónde queremos ir y con qué mochilas contamos.

En esta era de redes sociales y punitivismo inmediato, las voces de cualquier persona son escuchadas aunque sea por su círculo íntimo. Potenciada, compartida y canalizada en hashtags y tendencias, esa voz se convierte en un juicio popular inmediato cargado de efervescencia y deseo de castigo. Todo ya, todo yo. 

El punitivismo convertido hoy en  “cultura de la cancelación”  configura un nuevo sistema acusatorio donde los comentarios en las redes sociales, los escraches, la censura y el eterno dedo señalador, no reconocen ni perdones ni reparaciones.

Cuando a un niño hay que explicarle que lo que hace  no está bien, no es correcto o afecta a determinadas relaciones, sabemos que la violencia –ya sea mediante un grito o un insulto– no serviría más que para reprimir algo que esa infancia expresa o simplemente no entiende. Comprendemos que la mejor manera es siempre sin violencia y que deberíamos tener cierta pedagogía para poder generar una real reflexión sobre lo que pasa y sin embargo…

Esta manera de “justicia” también se reproduce en los más jóvenes que aprenden estas rupturas ( inmediatas, sin una planificación de sus consecuencias) en el camino de sus primeras relaciones humanas-sociales y la construcción de su personalidad que ya están expuestas a la cancelación masiva a partir del prohibicionismo; cancelar a una persona en lugar de a la actitud es punitivista y la reproducción de la violencia institucional que nos trajo aquí.

La incapacidad del sistema judicial de darnos respuestas y soluciones certeras a las demandas y delitos llevó a construir una idea de “justicia” inmediata.  Si bien nos parece algo nuevo o contemporáneo, estas formas de señalamiento tienen vinculación con prácticas fascistas donde no se trataba de denunciar a alguien que cometiera un delito si no de excluir por razones étnicas o ideológicas.

Donde predomina la justicia por mano propia y la cancelación como castigo social, haciendo estragos más inmediatos donde -por ejemplo-  a un artista se lo puede dejar sin carrera y se deja de consumir, relegando a esa personas a las sombras y al supuesto olvido de lo que fue o podría haber sido… Ahora, ¿es una justicia ideal para un mundo mejor? No se trata de pasar de página. Se trata de la profundidad y la complejidad que nos presenta el sistema político, donde las cárceles son habitadas no solo por quienes cometen delitos sino en realidad por aquellos pobres que no tuvieron un buen abogado o poder para safar, siendo la reinserción algo que no existe en esta sociedad y donde la condena no es la dictada por el juez, sino la eterna dictaminada por el Estado y la sociedad.

Basta con ver que quieren explicarnos a los villeros quién fue Diego, como si no lo viviéramos con algún vecino, amigo o en nuestra propia casa. De eso se trata habitar nuestros territorios, no pueden colonizar lo que ya somos, no pueden sacarnos a nuestro Dios imponiendo una nueva biblia, porque sería volver a cometer el error de creer que una cultura se impone sobre otra; esa cultura de lo políticamente correcto.

Entonces me pregunto si esto es así, si existe un blanco y un negro sin la capacidad de grises, de transformar, de “avanzar” o “retroceder”, si la vida significase simplemente algo lineal con un único fin iluminado ¿quiénes son los buenos y quienes son los malos? En este afán de querer cambiar el mundo solemos poetizar cambios sociales, los vemos de lejos aparentando una similitud y empatía que no se reproduce en nuestra cotidianidad. Descreemos de la justicia o al menos del sistema judicial y no permitimos que el acusado se defienda o reinserte, lo condenamos directamente y no hay un después. En ese después -por fuera de lo hecho en lo inmediato- es cuando creamos nuevas víctimas del sistema, que hasta posiblemente lo hayan sido antes como Maradona en su niñez pobre. 

Somos también victimarios o peor; somos esa Justicia que tanto queríamos modificar. Callarse o no, es una decisión política que acciona con distinticiones cuando aplicamos el termómetro de la moral para un artista, un deportista o a una figura política. . Entendemos que hay una persona damnificada por un hecho o varios puntuales y que necesita un reparo, la discusión no se centra en negar una acción o minimizar, si no que atraviesa otras variables; aprendizajes y realidades diferentes que pueden ser re-aprendidas y una carga social que anteriormente señalamos; la sociedad somos todos y todas, tenemos una responsabilidad de no repetir prácticas que nada transforman la realidad que vivimos.

Pensar que ese otro es condenado al destierro es hasta a veces engendrar una filosofía dónde nace otro Dios, que todo lo ve, todo lo juzga y tiene cuerpo de Instagram, cara de Facebook y apariencia de Justicia Moral. 

Quizá Dios no sea humano, sea un animal que busca alimentarse de lo que sea, a veces de carne podrida y otras veces de exigencias de la misma manada.

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