El Covid-19 y la sobrecarga hacia las mujeres en las tareas de cuidado.

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La forma de organización social del cuidado ha sufrido un impacto severo en su desarrollo. La implementación de medidas de aislamiento y restricción de la circulación para paliar la pandemia del Covid-19 han producido cambios en los escenarios sociales y en las formas de reproducción de la vida diaria. Dejando al descubierto la injusta configuración del cuidado.

Por cuidado se entiende a todas aquellas actividades indispensables para satisfacer las necesidades básicas de la existencia y reproducción de cada una de las personas, en todos los ciclos de la vida. Cuidado es  poseer elementos físicos y simbólicos que permitan vivir en sociedad. Esto, al no ser remunerado, a los ojos del sistema capitalista no existe como tal. Es trabajo invisible, pero cotidiano, necesario para la sostenibilidad de la vida, en una doble dimensión: física porque permite las actividades concretas vinculadas con la atención del cuerpo de las personas y sus necesidades de alimentación, salud, higiene personal, descanso; y simbólica, porque el cuidado involucra un componente afectivo y emocional, que hacen al bienestar de las personas.

A la histórica carga de los quehaceres domésticos y de cuidados a la que se la ha asignado a la mujer, ahora –en tiempo de pandemia- se suman la enseñanza en el hogar y seguimiento escolar diario, consecuencia de la suspensión de clases presenciales, la reducción de disponibilidad de agentes ayudantes de la cotidianeidad, como así también de redes de contención. Lo que ha generado un incremento en las demandas de cuidado y menos recursos a la hora de sobrellevarlos. 

La concentración del trabajo de cuidado en manos de mujeres trae aparejada como consecuencia: menores tasas de participación laboral, empleos de menor calidad, trayectorias laborales más discontinuas y menor autonomía económica, entre otras. Variables que reflejan una de las tantas desigualdades estructurales que atraviesan las mujeres.

Con adaptaciones a la nueva realidad, combinaciones con las viejas prácticas asumidas, privaciones económicas y estrés emocional, las mujeres han sobrellevado este año de pandemia. Siendo ellas quienes están a cargo del 84% de los hogares monoparentales en el país, son, por lo tanto, las principales protagonistas de las maniobras de supervivencia, según datos de la Encuesta Nacional sobre la Estructura Social (ENES). A sí mismo, la Encuesta revela que la mayoría de las mujeres consultadas sienten que son cuidadoras de tiempo completo, trabajan más y están más cansadas durante la cuarentena que antes de que dispusiera esta medida sanitaria. 

.Datos de la encuesta: 

  • Encuesta. Cuidados, usos del tiempo y trabajos en cuarentena. Cuestionario virtual realizado durante una semana en abril de 2020. Conicet. Autoras: Paola Bonavitta, doctora en Estudios Sociales de América Latina (CEA – UNC). Gabriela Bard Wigdor, doctora en Estudios de Género (CEA – UNC).
  • Muestra. 555 personas. El 88, 6% de quienes respondieron fueron mujeres cis. La mayoría superaba los 30 años.

A las claras está que este aumento de la demanda de cuidado refuerza  los roles tradicionales de género, sobrecargando a la mujer. Limita las posibilidades de incorporación laboral femenina y consolida la especialización de las mujeres en las tareas del hogar y del cuidado.

El cuidado, además de ser un trabajo invisible e intenso,  debe ser valorado puesto que es un derecho humano: el derecho a recibir cuidados y a brindarlos en condiciones justas. En tanto derecho, es el Estado quien debe garantizarlo  en el marco de la definición de políticas universales, transversales, con presupuestos regulares y en base a un enfoque de género, en interdependencia con el conjunto de derechos económicos, sociales y culturales (DESC) y civiles y políticos (DCP).

Es esencial alertar sobre el hecho de que las medidas económicas y sociales que se consideran para paliar los efectos de esta situación no deben suponer recortes fiscales que afecten los avances hacia la igualdad de género ni deterioren la autonomía de las mujeres. La complejidad del problema exige actuar de manera articulada entre los actores involucrados. 

El caso uruguayo con su Sistema Integrado de Cuidados es un ejemplo de ello, basándose en el principio de corresponsabilidad, la instalación de mecanismos que garanticen la inclusión de la perspectiva de género y la universalidad se convierte en una política que intenta garantizar el derecho al cuidado a través de la identificación de las distintas esferas que deben actuar para que sea reconocido y ejercido de la forma más efectiva posible.

“Una política de cuidados apunta sustantivamente a una política de igualdad de género y a levantar en el ahora y, sobre todo, en términos tendenciales, la discriminación de género que existe en el mercado de trabajo» manifestó Julio Bango, quien fue Secretario de Cuidados durante la administración de Tabaré Vázquez. 

Son necesarias políticas de Estado que den respuestas concretas a las problemáticas existentes. El derecho al cuidado no debe ser un privilegio ni estar atado a los gajes del mercado, ni mucho menos continuar como herramienta clave en la reproducción de la violencia de género presente en nuestra sociedad. Es un derecho social que debe ser reconocido por el Estado y el resto de los actores sociales, para que este sea plasmado en una política estatal integral que abogue por una sociedad más justa que reconozca minorías y salde desigualdades.

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